sábado, 13 de enero de 2024

Intemporal


  I


Sin usar el compás del ecuador

ni la diadema gris del horizonte,

sin plegar la envergadura del cielo

en el bolsillo de un espejo

ni trenzar los destellos de un faro 

en el penúltimo rayo de sol,

ensamblo transparencias

y archivo coordenadas.


Sobre el cristal de una ventana

o sobre la turbia pizarra de un parvulario

trazo los ecos perdidos, las ondas

de un nenúfar dormido en el estanque,

la redonda nostalgia de un suspiro

en la boca de una guitarra,

la reverberación de un campanario 

abandonado a las cigüeñas,

la nada de la pompa de jabón

que permanece tras la iridiscencia.


Con la estela de un petirrojo 

envuelvo una nube al atardecer

y oriento a las aves que tornan de la extinción.

Con la lupa que forman el índice y el pulgar 

practico la autopsia al bostezo.

Con el sextante que mide la edad

entre las olas y la luna caída al mar 

desconfino a la Tierra 

del celeste naufragio de su atmósfera.



II 


Es sencillo, más de los que parece.

Es como fabricar una cebolla

con guantes de agua y luz,

como amasar una medusa

hasta la aurora boreal,

como leer las líneas de la mano

en la ortografía de un hormiguero

o acariciar el otoño en las uvas

de la ceguera.

Es como cortar en juliana el arco iris

con una sonata de Mozart

o inventar una vida

sin la opinión de la hojarasca.


Solo es preciso contemplar

desde el interior de la uva,

desde las dos semillas de su diéresis,

la antigüedad. 

Dormir al abrigo del tiempo.

Ser la edad escrita con tiza en la frente

del viento y de la lluvia.



III


Lejos del trampantojo azul de las estrellas

la electricidad se posa en las grietas

abiertas por el pulso y los latidos.

Astilladas palomas que vuelven de otro siglo

esparcen la harina que numera el infinito

y las remotas sombras que lo habitan.


Lejos de automatismos rutinarios,

del aceite anegando el corazón,

del nostálgico alfil

o de la miel desenterrada,

las esquinas son girasoles 

con fiebre en cada hélice,

los granos de arroz, segundos de mármol

que acarician el tiempo o cualquier otro

monumento funerario, y la identidad

no es más que una losa de cualquier calle

que al pisarla gira y el que va, vuelve,

y quien vuelve es la entrada a un laberinto.



IV


Nací en el año cuándo antes de Cristo,

durante la reencarnación

de un extraño en sangre invisible,

mientras la palabra mano escribía

en la cueva el nombre de cada dedo,

y la térmica voz del alma pronunciaba

en dos sílabas la palabra amor

y en cuatro válvulas las ancestrales 

cardiopatías.


Nací mientras la soledad

reposaba sobre el paisaje

como la nieve sobre un cementerio 

donde las lápidas fueran las puertas

y las cruces, aldabas.

Nací cuando la herrumbre

aunaba sedimento incandescente

en lámparas de aceite,

y un inmenso animal de ámbar

orinaba esperanza en las plantas de regaliz.



V


Como quien desaparece una noche

y no encuentran siquiera su recuerdo,

con un candil de tiza iluminando

la misma edad en todas las pizarras

seguí a oscuras la luz de algo más oscuro.


En un lugar llamado Dónde,

la nada era el mayor número primo,

solamente un puñado de niebla indivisible

en la que ardían dos lagos.

Porque no eran los ojos

las pupilas de un porcentaje,

sino la mirada pura del sésamo.

Soplar el vidrio era beber la transparencia,

labrar el campo era exhumar la luz,

y nadie conocía la utilidad de las rodillas

porque nadie pacificaba a los membrillos.

No se preconizaban las virtudes

de la otra mentira que es la verdad

porque el único testimonio oral

era el del viento entre las ramas.



VI


Es fácil perderse bajo la tierra.

Oculto en el motor de las lombrices

atravesar a tientas el abismo,

los estratos de olvidos y marasmos,

la alfabética metralla de nombres

y calendarios. Casi inevitable,

cuando las piernas de todas las cosas

ponen en marcha su engranaje 

y te cruzan los años aleatorios,

como chispas de un infinito 

intrínsecamente desenroscado.


Cumplí cuarenta y al año siguiente

ochenta y dos, y luego diecinueve.

Tuve diez años sin haber nacido

y treinta y tres habiendo muerto.

Pasé décadas como un autómata

y siglos en decúbito supino.

Mañana cumpliré la edad de un muerto.

Tengo toda la vida por delante.



Martín de la Torre



miércoles, 7 de junio de 2023

Correspondencias

 

En el pegamento siempre es verano.

Estampé el sello en la carta y cayó,

como en un lecho de mansos naufragios

la oí chocar contra el papel

de otros barcos a la deriva

en la boya amarilla de Correos.


En el remite: Aquí. En el destino: Allí.

Dentro del sobre una hoja en blanco

con toda una vida por escribir.


Era sábado, y por la tarde

enterré un gorrión dentro de un huevo kinder

en el parque de Alcalá la Real.

Apenas unos huesos amputados al aire

y envueltos en un sudario de plumas. 

Una triste sorpresa dentro de un féretro amarillo.


Bajo el sol de pleno agosto envié

un pájaro al pasado y una carta al futuro,

dos pueblos con el código postal del infinito.


Ahora pienso en lo absurdo 

de aquellos actos de la infancia,

pero entonces el mundo

era una brújula de incienso,

un filatélico sabor

a jengibre rancio en la lengua

y un vuelo enterrado en las manos.


Aquel domingo del ochenta y tantos

me levanté temprano, me tomé un Cola Cao,

vi un episodio de “Se ha escrito un crimen”

y me olvidé de la correspondencia

y del chamanismo precoz de la EGB.

Me olvidé de dar cuerda a los relojes

y paso el tiempo como la luz de una farola 

sobre los maniquíes de un viejo escaparate.


Esta mañana, y casi sin pensarlo,

he devuelto la carta al remitente,

dentro del sobre una hoja en blanco,

las instrucciones de montaje

del pájaro que ahora se posa en las raíces

y relee nuestra correspondencia:

el presagio y el arrepentimiento,

la nada escrita con tinta invisible, 

las cartas náuticas de dos ahogados

que en vano ya cruzaron sus destinos.



Martín de la Torre.



martes, 21 de marzo de 2023

Restos de un naufragio


Dispersos por la playa,

expuestos en la noche

los restos de un naufragio,

los maniquíes desmembrados

como tras una batalla naval.


Varado en la arena,

un dedo de polietileno escarba,

las crías de abanico eclosionan sus nichos

como huevos de tortuga marina.

Otra pierna se descalza la arena

y corre, es el viento, la sal sin tregua,

la fúnebre nata de las gaviotas, 

los pájaros que vuelan por nosotros 

y enmohecen el aire, es 

el hocico de savia negra que nos respira.


La humedad que sustituye a los ojos

se enjuga las lágrimas, pero

la deforestación se cumple,

sus lágrimas son hormigas de leche,

lluvia seca de jaspe blanco

en el blanco azulejo de la nada,

en el blanco verdor de la ceniza.


Me duele un sentimiento tatuado en la pierna,

y el aire tatuado en la nariz

y la sangre tatuada en las venas

y el croar diésel de un viejo arco iris

desmoronado en lingotes opacos

sobre una playa de amapolas.


Sal de mi zona de confort, no vivas

como los maniquíes que despiertan del coma,

en el mejor de sus mundos posibles.

El único latido es la rotura.



Martín de la Torre



martes, 31 de agosto de 2021

La losa humana


Cuando la naturaleza todavía cruda

no se podía comer

y la noche se probaba la sotana

tras el pomo de la luna.


Cuando las cataratas

se mesaban sus barbas transparentes 

y el cielo buscaba goteras 

en cada poro de las nubes.


Cuando las ilusiones 

florecían de los cerezos

y el otoño ensartaba búhos

con las alas nuevas de la hojarasca.


Cuando la muerte inventó el infinito

y atrapó a la vida entre paréntesis

el viento se dedicó a ser pájaro, 

el tiempo se anilló a los árboles, 

y el hombre completó el mosaico

con hirientes fragmentos de metralla

en lugar de las más bellas teselas.


Cuando vuelva por donde vine 

y desande la humanidad

y sus pinturas rupestres, sin duda,

no habrá quien me entregue el más merecido 

Premio Nobel de la Paz. 



Martín de la Torre



domingo, 22 de agosto de 2021

La matrioska


Reloj de agua, raíz de marfil.

A la intemperie

una estalactita seca el paisaje

mientras dentro un sauce cruje 

como un rayo bajo un alud.


En la sal, en la dureza del aire,

huésped de la estalactita

migro donde al sufrimiento le sobre 

una cueva y una veta de niebla.


Gota a gota y al siguiente latido

la lluvia no vuelve a ser multitud.


Partir así, al respirar.

Viajar a la matrioska indivisible,

a la partícula esencial.

Abandonar el alma en el plumaje de un fósil

y volver a la vida 

en los colores del abejaruco.



Martín de la Torre



domingo, 22 de septiembre de 2019

El tiempo deshojado


                                                Para Ana, compañera de andanzas y peripecias.


Si me sueltas, el tiempo
abandonará los relojes
como la transparencia
las aguas de pozo.
La envergadura de los mirlos dará la hora
en todas las estaciones del año
cuando mañana no sea otro día
sino la madrugada.

Si me sueltas, la lápida azul
no volverá a ser redonda como la luna
ni mar sinónimo de mar
ni hemisferio el iglú de aquel observatorio
en el que tantas noches
nosotros fuimos las estrellas.

Me sueltas y la tierra
como el papel pintado repite mapamundi,
como el carrete de una antigua cámara,
a un lado y a otro, cada veinticuatro horas,
infinitamente el pasado,
infinitamente el futuro.
Y en el punto de fuga el presente es la señal
de una baliza hundida en Micronesia.

Me sueltas y los pensamientos
abandonan la horma del sombrero,
como microgotitas se incorporan
a la megafonía de alguna lluvia
(llueve tan suavemente aquí
que pronto brotarán millones de pisadas):
Estambul, Córdoba, Ciudad de México.
Constantinopla, Qart-tuba, Tenochtitlán.

Me respira el pasado y el pasado
es el lugar más tranquilo de la historia.
Ayer aquí no habrá nadie y podré estar,
acompañarte sin que lo sepas,
curado en el olvido
habitar lo obsoleto,
el vacío de lo que avanza.
Ser la estatua de sal bajo la nieve,
transparente como el agua de un espejismo.


Martín de la Torre

sábado, 3 de noviembre de 2018

Epistolario de una hechicera. 8ª lectura.


De nuestro viaje a la feria medieval de Silves, tiempo atrás, de cuando eran frecuentes nuestras andanzas por todo tipo de ferias, festivales y escenarios, solo conocíais mi experiencia por tierras portuguesas a través de los "Consejos y andanzas de un filántropo quiromante. 13ª mano". Faltaba la de mi compañera de peripecias. 
A continuación transcribo la carta que me arrebató una ráfaga de viento la tormentosa noche en la que, cruzando el Guadiana de vuelta a casa, me hallaba yo leyéndola en la proa del barco. 
Hace poco la recuperé del vientre de una lata de atún que despiecé en la almadraba de Barbate, me corté y salió el atún rojo.



Dejé atrás la ciudad de Silves. No sé muy bien el motivo. Tal vez abdupcida por la cegadora luz del Faro, hipnotizada por tanta belleza e incapaz de controlar mis impulsos. Con total descontrol de mi cuerpo y de mi mente. Fuese cual fuese mi intención y mi voluntad mis pasos eran guiados y dirigidos por finísimos hilos de títere. Transportándome hasta un curioso y tenebroso lugar en la ciudad de Évora. De allí anduve hasta la Iglesia de San Francisco. Y una vez dentro caminé sin control hasta su “Capilla de los huesos”.

El asombroso hallazgo me dejó con la boca abierta. Petrificada al verme frente a sus paredes y columnas, rodeada de huesos y cráneos por todas partes. Un gran escalofrío me erizó el bello y congeló la sangre de mis venas. Una imagen que difícilmente ya podré olvidar. Con toda mi atención puesta en aquella macabra pared y el miedo instalado en mis pupilas. Desvié la mirada un instante, al percibir que alguien susurraba algo a mis espaldas. Una niña de unos 11 o 12 años, vestida con ropajes de monaguillo, leía sin cesar una y otra vez la inscripción que había en la entrada de la capilla. Alzaba poco a poco la voz hasta que pude escuchar con nitidez lo que decía: “Nosotros los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos” Me dirigí hacia donde se encontraba aquella niña. Al llegar junto a ella se quedó en silencio mirándome. Estiró su brazo que dejó al descubierto tras la manga roja de su sotanela y a la altura de la cota blanca de encaje tendió ante mí su mano delgada, delgadísima, casi en los huesos. Nos sentamos en el suelo observadas por cientos de cuencas vacías de los cráneos que decoraban la capilla y comencé a enumerar aquellos oficios imposibles que traspasaban sus huesos de leche.


Que actriz vegana, posa tras la alfombra roja de la Gala “Salchichas Oscar Mayer”, junto al lobo de Wall Street (Leon-ardo DiCaprio) y las chicas Almodóvar :Carmen Miura , Loles León y Veronica For qué?

Que antropóloga egipcia usa como logo para su perfil de whatsapp una imagen del municipio de Alco-bendas.

Que herborista del barrio de Salamanca, presume de haber vendido jalea real al príncipe gitano. E infusiones de tomates cherry a Tomatito.

Que dependienta de drogería vende balletas sintéticas amarillas de”“brangelina” como paño de lágrimas para divorciados, por tener unas microfibras muy absorventes.

Que cristalera con osteogenósis, monta su cristalería en Lorca y contrata como dependienta a Ainhoa Arteta.

Que limpiadora purifica el aire del retrete de una carpintería con Ajax pino.

Que sepulturera, dispone de un Osorio en la parte trasera de la fábrica de Willy Wonka, como fosa común para huesitos de chocolate y huesos de San Expedito.

Que cocinera del hipódromo de Delfos, prepara cangrejos de herradura a la fragua con sangre azul encebollada. Para anémicas amazonas que visten polo rosa de Ralph Lauren.


“Esperen huesos, esperen sentados, pues aunque prisa tengáis a los míos seguiréis anhelando”



Ana  C



martes, 11 de octubre de 2016

Epistolario de una hechicera. 7ª lectura.


No sé si he contado alguna vez que vivo en el año 1840, no del calendario chino, ni del musulmán, sino del mismo calendario gregoriano que el vuestro y, precisamente por eso, se pierden muchas de las cartas que me envían. Tampoco sé si he contado que aparezco en la primera fotografía de la historia, en el daguerrotipo que sirve como fondo de esta página. Un limpiabotas me deja relucientes los mocasines -la columna de texto tapa dicha escena- en el Boulevard du Temple, de Paris. Ciudad a la que acudí para visitar a mi buen amigo Charly Baudelaire, pero esta es otra historia. 
Viajo al siglo XXI solo para asistir a las ferias y mercados medievales y de época. Pero además del desfase temporal existe un desajuste espacial. Sobre mi casa del Castillo de Locubín, en vuestro tiempo, han construidos una casitas pareadas y gran parte de mi correspondencia le llega al nuevo inquilino del espacio que ocupó en el pasado mi residencia. Igualmente, sus epístolas y propagandas me llegan a mí: documentos mecanografiados de banqueros usureros, balances de luminiscencias por corriente alterna o panfletos de pésima tinta roja, donde alguien se autoconvence de no ser tonto, “yo no soy tonto, yo no soy tonto”, pero me da a mí que sí lo es. 

En los próximos días iré publicando las maravillosas cartas que mi compañera de andanzas y peripecias, Ana C, me envió hace tiempo y que he recibido ahora. Empiezo con la trascripción de la que me mandó tras asistir a los estudios de Canal Sur Televisión, del tiempo en que se publicaron los consejos y andanzas nº12.



-Cuando cuente tres abrirás los ojos, Ana – siento un golpecito de mano sobre mi frente
y escucho la voz del mago.
-Un, dos, tres, despierta –una sonora palmada y abro mis ojos.
-Uf ¿Dónde estoy?- mi voz retumba “dramágica”, en el silencio del plató. 
He debido de dormir bastante, pues me ha crecido tres centímetros el bello de las piernas. 
¡Qué “magiadería”! tal vez hubiera sido mejor haber escogido un pantalón, 
como pensé en un principio, en vez de esta pequeña faldita. 
Noto como de mi frente caen gotas de sudor. Y en ella, como si de un tatuaje se tratara, 
se quedan marcadas las líneas de la mano del MagoMigue:

Qué podóloga receta algodón de azúcar para las heridas de un pie diabético;
pastillas Juanolas para Juanetes; crema de noche para el contorno de ojos de gallo;
un libro de geometría para pies planos y cirugía estética para callos.
Qué cordelería fabrica juegos de cuerdas con afiladas espinas de anchoa
(por cortesía de Miguel Angel Revilla) para aceitunas-violás.
Qué oculista recetaría al teniente Colombo parches de nicotina
para el estrabismo y un duro día de trabajo a pacientes con ojo vago.
Qué farmacéutica suministra a una zapatería hilo dental
para tacones de aguja, vertigoheel para tacones de vértigo,
vick inhalador para mocasines y agua de mar isotónica para katiuscas.

Qué buceadora se sumerge en las aguas de la isla de Murano con gafas 
de culo de vaso para ver la gota que lo colmó, agotada su paciencia.
Qué orquesta filarmónica usa manos de violín de Juan Tamariz 
(chian, chian, ñia, ñia…) para su recital en la terminal de Madrid-Barajas.
Qué fotógrafa de la revista “Guillermo Tell” prepara un ebook fotográfico 
de Steve Job disparando con ballesta sobre su primer Apple compiuter.
Qué zapatera arregla viejos verdes Zuecos con remaches de viagra,
babuchas con enjuague bucal para la halitosis del pie
y alpargatas catalanas con aceite de romero en pan tumaca.
Qué ilusionista siembra el siete de trébol en su chistera mágica
para que su conejo de la suerte pueda comer a la carta una semana entera.

¡Abra- cadabra! ¡Hilo o madeja! Si mi mala con-ciencia se aleja, que estos oficios imposibles no tengan trascendencia.

Ana C.

jueves, 25 de agosto de 2016

Consejos y andanzas de un filántropo quiromante. 14ª mano.


¡Cómo son las cosas! Fijaos, hace casi dos meses del concierto de Scorpions en Córdoba y todavía tenía mi camisa de cuero fluorescente, especial de los conciertos, en el maletero del descapotable (mi ropa de diario la lavo más a menudo). Anoche, cuando reuní la suficiente ropa fluorescente para llenar una lavadora (la equipación de baloncesto de Nigeria´96, los chalecos bajo el asiento del copiloto de los tres coches que tengo en el garaje, dos peluches de piolín y una peluca, fluorescente también, del candidato republicano), cuando había echado ya el suavizante Sanny Delay Limón en el cajón de la lavadora, me acordé de la camisa de los conciertos.

¡A lo que iba! Resulta que, en el bolsillo de la camisa había un papel con un texto escrito a lápiz. El sudor había emborronado las letras, pero, más o menos, se entendía. Me pasé toda la noche preguntándome quién ¡¿Quién?! Metería el papel en el bolsillo de mi camisa de cuero fluorescente. Luego soñé con las antiguas andanzas y peripecias del filántropo quiromante y su hechicera compañera, con aquella leyenda que cuenta sus desventuras y buenaventuras a lo largo y ancho de la península. Lo que sigue es la transcripción del texto recogido en dicho papel. Historias y oficios imposibles que me hacen rememorar los episodios de aquellos dos personajes.


Qué arquitecto municipal aprueba la licencia de obras
para el bungaló del pájaro carpintero y la casa cueva del topillo.
Qué marca de aceite de oliva mallorquín se publicita
como “Aceite de Palma virgen extra”.
Qué se podría hacer con leche, cacao, avellanas
y azúcar, que no sea morcilla de Burgos.
Que Yoco Ono instaló internet en el Reino Nazarí de Bob Dilan,
nadie lo duda, pero que Boabdil, el Chico Buarque,
fuese el último rey de Granada, dice muy poco de los Borbón.
Qué matemático alcoholizado se bebe a caño la trigonometría
de los triángulos obtusos, que tienen más graduación que el tequila.
Qué nieto mata a su abuelo para demostrar que la paradoja
del abuelo es falsa, que se puede viajar al pasado con el Imserso.
Que la muerte de Paco de Lucía invalida la teoría de cuerdas
es impepinable, se pongan los teóricos de la física como se pongan.

Qué zumoteca vende la regla de la fresa, la bilis del plátano,
el ácido úrico de la naranja y los glóbulos rojos de la granada.
Qué princesa cansada de buscar un príncipe azul, se resigna a casarse
con un pescado azul, pero no con cualquiera, sino con el emperador
de todos los mares: el pez espada, rey Arturo.
Qué perfumería vende el desodorante que usa el albatros
en sus axilas durante la travesía del Atlántico.
Qué vendedor de tacos no insulta a quienes se marchan
de su chiringuito mejicano sin dejar propina.
Que los kiwis, cuando llegan de Nueva Zelanda, traigan barba de tres días,
es normal, pero que los melocotones sean doncellas de mejillas ruborizadas
como de cuadro rococó, no me entra en mi cabeza de melón.
Qué conquistador español puede negar que a su llegada,
todos los incas padecieron cáncer de Colón.

Qué cantautor de ducha solo ambiciona que le aplaudan
los tapones de los geles de baño y los champús, siempre bajo
la inquietante y perfilada mirada de la silueta de Swarkof.
Qué veterinario estudia la preferencia de las pulgas por viajar
a lomos de los perros salchichas, como los ricos en sus limusinas.
Qué noruego pide asilo político en Mojácar,
huyendo del conflicto causado por la tristeza nórdica.
Qué médico especialista del aparato digestivo tiene el mayor archivo
de retortijones y de psicofonías del mundo de lo oculto.
Qué reduccionista afirma que la Comunidad Económica Europea (Cee),
solo es un pueblo de La Coruña, y que el resto de Europa no es más
que una copa de fútbol, de la que Portugal es vigente campeón.
Qué freidor de pescado gana la medalla de oro
en gimnasia artística, en el aparato de anillas (de calamar),
después de enharinarse bien las manitas de cerdo.



Martín de la Torre



martes, 3 de mayo de 2016

Cambio horario


Un Boeing peina a raya el horizonte 
Una de las alas                     astillada
le hace carreras al cielo
y del motor herido        una bandada de ánsares
                                      migra en formación de estela
             
El Boeing peina la melena pelirroja
             De un bosque post mórtem
y rompe la costilla azul del arco iris
             que tan bellamente
             extinguía el incendio

                  Atribulado 
cansado de crepitar          Un ánsar se ha posado    
                                         en una rama
Picotea las brocas de los espárragos verdes
que cambian de aroma                   y mañana
taladrarán las mirillas de las nuevas estrellas

Trepanado             el cielo
                              convirtió en flauta aquel ataúd
       y el viento            como un gramófono
       reproduce el isobárico silbido    
       tras el que cayó el avión
(en la aguja de vinilo afina su canto un mosquito)                       

El viento capicúa de la palabra radar
        detecta algo al pronunciarse
        Vuelan cenizas en formación de humo 
En la acelerada fosa de un telescopio     En el borde
unos ojos muy lejanos
se han posado                       Solo falta ver

El Boe ha publicado la lista de fallecidos
Todos sabían volar       Como los ángeles

(La publicidad aérea del boletín
Si sueña con volar   Hágase su voluntad
la financia un crematorio de Madrid)

Algo me huele a chamusquina
El Boe ha publicado       que
            las almas huelan a carne quemá
            un disco de amoladora dé la hora      A las dos sean las tres
Durante una hora quien mire por la mirilla
podrá verse      como el cuco del reloj           Solo faltará vivir 



Martín de la Torre


viernes, 12 de febrero de 2016

Diccionario de la lengua Oc


    El abecedario de un compás consta de tres
    letras que forman las nueve palabras
    del diccionario menguante
    del idioma compás
    o lengua Oc
   
coco    Fruta andrajosa  
coso    Plaza redonde se lidian toros
Soco   Campeón de halterofilia del período Jomon
                    Ejercitó sus pupilas por la mirilla solar
                    hasta ondear con una sola la bandera de Japón
Soso   Natural de Pérgamo    gran mosaísta heleno
sos      Señal boluda de socorro por atragantamiento con arroz
oso      Mamífero capicúa
Oc       Lengua romance que cultivaron los trovadores
            del Valle de Arán en época medieval
os        Pronombre del sistema operativo Vosotros
o          contorno del vacío

Una o en lontananza pasa por número 0
y una o en un cordel pasa por u pero no

Dios escribe a los nueve planetas en compás
                                sesea convexidades
                                cecea concavidades
                                En un cuaderno Rubio redacta parábolas:
                               
Un Dogu japonés enamoró a una joven del rococó
               con una caligráfica sonrisa ecuatorial
    Para facilitar el encuentro
    las esquinas flexionadas del museo liberaron sus pupilas 
    Los triángulos se desojaron
    y los ángulos no podridos en luna o coco
         se afiliaron al sindicato de sandías
         o prosperaron en órbita 
         o en escalinata de paralelos 

Si no se equivocan de frío
cuando lleguen al polo
los enamorados
se amarán

Si se equivocan
    plantad una mano y otra en las antípodas
    cuando las raíces se toquen cosed el amor y no antes                                           
          Escrito está en la biblia Rubio de la astronomía



Martín de la Torre



martes, 10 de noviembre de 2015

Dos bozales y una lentilla


Hay quien cosecha boinas en los asilos
    para reponer de las buhardillas
    las tejas que aprendieron a volar

                                                                          Como las teclas que vuelan
                                                                          del piano a la melodía 

Hay quien llora cera y aletea
    con envergadura de buitre
    sobre tartas de cumpleaños
    y quien se arrastra como medusa viuda
    fundando religiones sobre remotas bondades


Hay quien pasea perros sin bozal
    por guarderías de pañales asustados
    y vuelca ladridos de hormigoneras
    sobre la amapola enmudecida
 
                                                                            Como el hueso del dátil
                                                                            que vibra en el grito
                                                                            de la mujer berebere

Hay bozales y lentillas negras
de los hombres con gesto de tobillo
y mesita de noche en la notaría


Hay quienes somos 
            el tomate en rama en la nariz del payaso
            El lazarillo desmaquillador del estornudo en el aserradero
            El rey mago inuit que viene regalando estertores a todos ellos



Martín de la Torre


                    

martes, 13 de octubre de 2015

Patio de butacas


Bajo qué asiento del patio de butacas
       dejó la vida a tientas su guión
Bajo qué asiento la bola de cristal
       es nuestra calavera
Bajo qué asiento un perro ciego
       muerde los arneses del trineo
       que han de articular nuestra marioneta

En ese lugar de profunda catacumba
A oscuras
         los gambusinos ovillan el hilo de oro
         mudado por todas las líneas de las manos

                             Con él tejerán la historia

En ese escenario
         Las preguntas acumulan interrogatorios
         La llanura acumula hormigueros
                                   Relojes de arena

En ese infierno etílico
         una nube subterránea llueve octavillas
         preguntas y preguntas y preguntas y

     Qué poro a qué piel 
     Qué anzuelo a qué tic
     Qué sonrisa a qué estímulo
     Qué aliento a qué sudario
     Qué nombre a qué difunto
     Qué campana grapada a qué garganta
     Qué venas a qué cerezo en llamas

La duda de otras toses
             Los chasquidos de otras piernas
             como encaje de bolillos de otra partitura
             como un baúl de muletas toledanas
    
Bajo todas las butacas una llave de cristal
que abre la única puerta
de un paso de ancho y una soledad de largo
                  
Al
fondo           
Sentada
en la butaca
               Una sombra
 da a luz a los personajes



Martín de la Torre


viernes, 25 de septiembre de 2015

Arbóreo


Por vivir bajo la corteza
y no en las ramas
mi biografía no la destruye
el viento de un alarido
ni el sol de una mirada

                     Como no cae de una hoja
                        la savia que partió de la raíz
                        No gotea la baba del pasado

Sobre uno de los ojos del árbol
    hay una rama con un ombligo
    que no es un nido sino el eje
    del que cuelga la constelación

Sube al columpio y colúmpiate
    Colúmpiate los días del árbol triste
    cuando a modo de pequeñas cuentas
    la nube verde desgrana las gotas
    suspendidas en el cuenco de las hojas
    y la copa libera el llanto detenido

Golpea el tronco cuanto puedas
    Año tras año                          Año tras año
    la persistente sacudida borrará mi nombre

       Oirás un pulso lento y prolongado
           Como el de la noche abriéndose paso
           en los ojos del búho
           o en el diámetro del sueño
                                                                       
                                   No te preocupes         Es el olvido

Golpea la frente  
Llegará el tronco seco y muerto
     pero tranquilo
     Cuando sin hojas
     los recuerdos me pierdan en el vacío



Martín de la Torre



lunes, 7 de septiembre de 2015

Arborescencia


Los caminos
se perdieron bajo noviembre

El otoño cosió una bufanda
con hilo de cobre y agujas de pino

La bufanda curvó los castaños
creciéndole a las ramas la hojarasca

En un castaño la rama mecida
recuerda una soga tullida
                                                                     una foto
                                                                             c
                                                                               o
                                                                                l
                                                                                u
                                                                               m
                                                                              p
                                                                             i
                                                                             a
                                                                             d
                                                                               a       

Dos troncos sostienen la copa

Uno peciolo del marchitado camafeo

Uno niebla en procesión del blasón del ahorcado

Uno palio en procesión del mecido en la madrugada

Un racimo de labios anuda al cuello un poso indeleble

Un
collar
de suspiros
granate


Martín de la Torre